La distancia narrativa en el evangelio de san juan

Una propuesta de estudio del punto de vista del narrador

Ji Young Emiliano Hong

Universidad Austral (Buenos Aires, Argentina)

emilianohong@gmail.com

https://orcid.org/0009-0005-4969-7763

Resumen: Este estudio busca desentrañar el método de representación de hechos y diálogos que se quieren transmitir a través de la narración. Según la distancia que el narrador adopte respecto a los sucesos y cómo los refleje en el texto, los acontecimientos pueden describirse de manera teatral, descriptiva o interpretativa. Al aplicar esta técnica al evangelio según Juan, se quiere comprender el proceso de la mímesis narrativa.

Palabras clave: evangelio de Juan, análisis narrativo, distancia narrativa, punto de vista, modalidad narrativa, polimodalidad narrativa, autobiografía

Narrative Distance in The Gospel of St. John

A Proposal For Studying the Point of View of the Narrator

Abstract: This study seeks to unravel the method of representation of events and dialogues that are intended to be conveyed through narration. Depending on the distance the narrator takes from the events and how he reflects them in the text, the events can be described in a theatrical, descriptive or interpretative way. By applying this technique to the Gospel according to John, we want to understand the process of narrative mimesis.

Keywords: Gospel of John, narrative analysis, narrative distance, point of view, narrative modality, polimodality, autobiography.

1. Introducción

1.1. La importancia del punto de vista en la narración

Nos planteamos en este estudio analizar el punto de vista en la narración del cuarto evangelio. Se trata de una cuestión compleja, que requerirá una introducción teórica algo más detallada. Sobre todo, hay que definir los conceptos básicos que manejaremos a lo largo del estudio, como el punto de vista, el modo, la distancia, la perspectiva, la voz, etc.

Inicialmente hay que aclarar en qué consiste el punto de vista en una narración y por qué es importante para el estudio de un relato. G. Genette 1, un teórico del arte narrativo, explica que la narración es un acto de mediación entre la historia referencial y el lector, en el que el autor se convierte en un puente de acceso a la realidad (histórica o ficticia) para el lector. Es decir, detrás del relato no hay solo unos datos objetivos, sino también una interpretación de los hechos, puesto que la narración es fruto de una mediación subjetiva. El autor concibe, ordena y expresa la realidad que quiere exponer de un modo personal, y cada uno de esos pasos implica la adopción de un punto de vista concreto para hacer posible el acto narrativo.

Podemos fijarnos qué sucede en otras formas de representación –por ejemplo, el cine–, puesto que se consideran análogas al texto escrito y la comparación puede ser ilustrativa. El director cinematográfico nos narra una historia, sirviéndose de imágenes y sonidos continuados. Naturalmente, en cuanto que es una interpretación de los hechos, la historia lleva consigo los puntos de vista del director de la película. Ahora bien, el director tiene a su alcance un medio de representación visual y otro auditivo para manifestar esos puntos de vista: la cámara y el sonido. Con ello se puede decir que la actitud del narrador del cine quedará reflejada en el uso que hace de estos medios. No causa por eso la misma impresión una película hecha a base de primeros planos de los personajes, que otra filmada con una visión de “vuelo de pájaro”. Ni tampoco es indiferente otorgar una mayor importancia a la voz de los personajes, a la voz en off, o a la música de fondo. Además, hay que decir que –aunque sea una perogrullada– sin imagen y sonido no hay película. Esos dos medios constituyen el factor configurante de la representación cinematográfica. Es decir, el punto de vista es esencial en el cine y la cámara y el sonido son el medio para que el espectador perciba el punto de vista del director.

Pero volvamos al texto escrito. En primer lugar, debemos valorar la importancia del punto de vista en la configuración de una obra escrita. El autor de una narración materializa sus puntos de vista al interpretar la realidad y contarla en el relato con unos medios lingüísticos. Obviamente, no filma ni actúa como en el cine, pero al configurar el relato, el autor deja unas huellas lingüísticas de su obrar narrativo en el texto. Por eso, se puede decir que el lector es guiado a descifrar los puntos de vista del autor al acceder a la narración 2.

Uno de los autores que más ha estudiado esta cuestión ha sido B. Us­pensky. Habiendo analizado la composición de las diversas obras literarias, el filólogo ruso llega a la afirmación de que el punto de vista es la realidad central de la narración, porque condiciona directamente la organización en sus diferentes planos 3. En consecuencia, el reconocimiento del punto de vista en la narración se convierte en condición necesaria para poder comprenderla en su profundidad 4.

Por consiguiente, es lógico que la mayoría de los autores que han abordado un análisis narrativo del cuarto evangelio hayan resaltado la necesidad de descubrir los puntos de vista presentes en el texto para comprender correctamente el mensaje sobre Jesús 5.

Para ilustrar mejor la importancia del punto de vista en la configuración textual, presentamos un ejemplo. Podemos observar comparativamente las perícopas paralelas de Juan y los sinópticos, correspondientes al episodio de la expulsión de los mercaderes del Templo. Los tres evangelios sinópticos (Mt 21,12-19; Mc 11,12-18; Lc 19,45-48) presentan una narración muy similar, en la que se cuenta el episodio de un modo muy escueto. A pesar de la brevedad, la escena así representada constituye un paso importante en el avance dramático de la trama en los tres evangelios. Los narradores sinópticos cuentan este hecho encuadrado en el ingreso de Jesús a Jerusalén y se trata de una introducción del relato de la Pasión, puesto que el episodio es interpretado como motivo de la reacción hostil de los sacerdotes y los escribas, que acabará por llevar a la muerte a Jesús. Se podría decir que, en su dimensión narrativa, el punto de vista de estas perícopas está marcado por la dramaticidad del acontecimiento narrado. Los verbos que se utilizan para describir el acontecimiento son: entrar, venir, echar fuera, volcar, irritarse, buscar matar... En cambio, el narrador del cuarto evangelio tiene un punto de vista diferente a la hora de narrar el mismo evento (2,13-22). No le interesa tanto la dramaticidad del enfrentamiento, como el recuerdo y la reacción de los discípulos ante el hecho. La sustancia de la perícopa es prácticamente idéntica al relato de los sinópticos, pero el punto de vista peculiar hace que su configuración cambie totalmente. El narrador une de modo muy estrecho este episodio con el signo prometido de Jesús –la Resurrección al tercer día– y con eso explica que el hecho de la expulsión de los mercaderes del Templo ha sido una señal que llevó a los discípulos a creer en él. Presentado casi al inicio de la trama, este acontecimiento se convierte en la clave de lectura de los otros signos que se narran posteriormente. Los verbos principales utilizados en esta perícopa son: encontrar, echar fuera, decir, recordar y creer. Es un claro ejemplo de cómo un punto de vista configura el relato: la manera de narrar determina el lugar que ocupa un episodio en el conjunto de la trama. La tarea a emprender a continuación consiste en reconocer los elementos del punto de vista peculiar del cuarto evangelio, –según sostiene F. Moloney– diferente de cualquier otro escrito cristiano 6.

1.2. La elección del modelo de análisis

Ahora bien, para alcanzar los objetivos de esta investigación, necesitamos un análisis más sistemático y completo sobre el punto de vista. La dificultad reside en que no es posible hallar un modelo consensuado para su aplicación 7. Incluso es fácil encontrar distintas definiciones sobre los conceptos más básicos. Eso hace que hoy día los estudiosos ofrezcan modelos diversos, con matices muy diferentes. El disenso se hizo más pronunciado especialmente a partir de la distinción que introdujo G. Genette de modo y voz 8 como dos categorías separadas de análisis. En el modelo que presenta este autor, el modo comprende la primera configuración del relato y responde a la pregunta: ¿quién es el que ve? En cambio, la voz hace referencia al aspecto más expresivo y puede decirse que responde a la cuestión: ¿quién es el que habla? 9. Genette se muestra muy crítico con la confusión de estas dos categorías 10 e incluso prefiere no hablar del punto de vista, para no producir equívocos con otros modelos que utilizan este concepto para una única categoría que incluye el modo y la voz 11.

Para el análisis que emprenderemos en este momento, preferimos respetar esta separación y proponemos seguir el modelo del narratólogo francés, puesto que tiene una gran ventaja: permite distinguir la cuestión de la composición (el modo) –que pertenece al campo de la configuración narrativa– y la cuestión de la comunicación (la voz) –que permanece en el lugar de intersección entre el mundo del texto y el mundo del lector– 12. Esto es, el modo narrativo está en la historia de la composición, mientras que la voz narrativa está en el plano de la comunicación con el lector. Preferimos restringir el campo del análisis al punto de vista según el narrador, dejando de lado el punto de vista de los personajes, que Genette lo ubica en la perspectiva y la focalización.

Así, con la distancia narrativa nos referimos solamente al estudio general del evangelio del uso de los relatos de acontecimientos y de relatos de palabras. El análisis narrativo sobre la voz se ocuparía de la pragmática que se produce con el lector. Tampoco vamos a entrar en la discusión acerca del lector implícito, lector real o el lector narrativo, que nos excede esta propuesta. Autores como D. Marguerat e Y. Bourquin proponen una metodología más sobre esta voz que narra 13. También R. A. Culpepper estudia al narrador principalmente según la perspectiva y la voz 14.

Se trataría de indagar el texto ¿quién ve cuando se narra? Pero hay que concretar algo más, porque la “visión” se configura textualmente en la narración: el modo se lee, no se ve. En el cine, bastaría con observar la ubicación de la cámara, pero esto no es posible en el texto escrito. Por eso, el estudio del modo narrativo consistirá en analizar “la regulación de la información narrativa” 15. Es decir, se trata de observar la actitud del narrador cuando este trata el material de la historia. La “visión” en el relato será diferente, según la condensación de información y el tipo de canal que se utilice para transmitirla.

Pero todavía hay que seguir especificando. ¿Cómo mediremos esa regulación de la información? Para el estudio en concreto, Genette propone una distinción entre la “representación” y la “focalización”, acudiendo a una metáfora espacial. Por un lado, el estudio de la representación determina la distancia del narrador con respecto a la historia, según el grado de información que ofrece –presencia de más o menos detalles en el relato–. Naturalmente, a menor distancia, podrá cubrir una mayor cantidad de detalles en la narración. Es decir, la representación mira al objeto en sí. Por otro lado, el estudio de la focalización sirve para analizar la perspectiva que adopta el narrador al concebir y expresar la historia. En un relato, esta perspectiva dependerá de la posición que adopta el narrador, determinada primariamente por las capacidades del conocimiento del narrador 16. La focalización analiza desde dónde se mira el objeto.

1.3. Modo I: relatos de acontecimientos / palabras

En este estudio nos proponemos tratar la cuestión de la distancia del narrador en el relato. Ya hemos dicho que esta categoría corresponde al nivel de información que nos ofrece el narrador. Dicho en otras palabras, se intenta medir el grado de “imitación” de la realidad que se da en una obra escrita.

En efecto, el nivel de la cercanía del relato al factum nos puede decir mucho acerca de la actitud del narrador al contar una historia. En principio, un narrador distante nos “imita” poco los hechos que se cuentan, pero también tendrá más posibilidades de “elaborar” el relato. Es decir, a mayor distancia, se dará una mayor presencia de lo que dice el narrador en “nombre propio”, en detrimento de una imitación mecánica o repetitiva; algo que se da, por ejemplo, en una reproducción del discurso ajeno por medio del estilo directo.

Genette no ha sido el primero en proponer este tipo de análisis para el texto narrativo. Los estudiosos suelen remontarse hasta Platón 17 para encontrar una primera taxonomía de las obras poéticas según el criterio del grado de imitación: representación simple (diégesis), pura (teatro mimético) y mixta (epopeya). Aristóteles retomó la distinción entre la diégesis y la mímesis, y propuso clasificar las artes miméticas siguiendo los grados de mostración directa: narración (grado mínimo de imitación), drama (grado máximo) y una narración con elementos dramáticos (grado intermedio) 18. Una similar clasificación aparece en las categorías de la crítica contemporánea norteamericana acerca de las actitudes del narrador: showing (mostrar) y telling (contar) 19.

El modelo de Genette puede considerarse heredero de esta tradición. Sin embargo, la forma de análisis que propone tiene algunos matices diferentes. En concreto, no acude a la distinción diégesis-mímesis como el criterio básico de clasificación, y sostiene que toda narración es diégesis, aunque en cada relato puede haber un mayor o menor grado de ilusión mimética 20. Evidentemente, la propuesta de Genette no ignora la diferencia entre ambos conceptos de la tradición clásica, pero quiere superar una mera clasificación taxonómica, ya que ve la necesidad de matizar los distintos grados de imitación que se dan en las narraciones. Esto es, propone unos conceptos más amplios, para que se puedan reconocer una gama de mímesis.

El análisis de Genette de la distancia narrativa establece un punto de partida en la distinción entre el relato de acontecimientos –imitación de acciones– y el relato de palabras –representación de discursos– 21. Como bien lo indica su nombre, un relato de acontecimientos cuenta verbalmente una acción no verbal, mientras que un relato de palabras transcribe las frases pronunciadas por los personajes –que al fin y al cabo son también acciones–. La utilidad de la propuesta de Genette está no tanto en la distinción entre el acontecimiento y la palabra en sí, como en saber ofrecernos un instrumento que permite manejar el showing y el telling de forma compatible, puesto que se intenta medir la graduación de mímesis que tiene cualquier relato.

Antes de abordar el análisis concreto de cada uno de estos tipos de relato en el cuarto evangelio, tenemos que tener en cuenta un primer elemento: la proporción entre los dos. Está claro que una colección de los Logia Iesu no tiene nada que ver con el evangelio de Marcos en lo que se refiere a la distancia narrativa, puesto que la colección de los Logia está configurada exclusivamente por los relatos de palabras, mientras que el evangelio de Marcos es –sobre todo– una narración de hechos. ¿A qué se asemeja más el cuarto evangelio?, ¿al evangelio de Marcos o a los Logia Iesu? La medición de la proporción de los relatos de acontecimientos/palabras nos ofrecerá un primer elemento de juicio sobre el texto a estudiar 22.

Es conocido que el evangelio de san Marcos es más mimético que los otros dos sinópticos 23 y la presencia proporcionalmente mayor de los relatos de acontecimientos en el segundo evangelio corrobora esa actitud. Comparativamente, en el evangelio de san Juan, se puede notar una mayor proporción de los relatos de palabras (a un nivel similar a Lucas, más que Marcos, menos que Mateo). Tal como hemos dicho, este dato no es un elemento definitivo para conocer la actitud del narrador. Pero ciertamente puede servirnos como el primer paso para el análisis de la distancia narrativa: el narrador del cuarto evangelio tiene una mayor facilidad para estar presente en el relato, y una mayor dificultad para reflejar una actitud mimética en la narración, en comparación con otros evangelios como Marcos o Lucas 24.

Ahora abordaremos más detalladamente el estudio de cada uno de los dos tipos de relatos en el cuarto evangelio.

2. Análisis de los relatos de acontecimientos

En primer lugar, emprenderemos el estudio de los relatos de acontecimientos. El modelo de Genette propone algunos criterios para evaluar la ilusión mimética en este tipo de relatos. En concreto, se analizan dos factores indicadores de la cercanía del narrador a los hechos: la cantidad de información narrativa (relato más detallado) y el nivel de presencia del narrador 25. Se trata de estudiar el grado de imitación que se da al narrar un hecho, puesto que una imitación más “fiel” a la acción referencial nos brindará una mayor cantidad de información con una intervención mínima del narrador 26.

Los criterios de medición que utilizaremos son de tipo lingüístico, puesto que “los signos discursivos del narrador son los mismos que denotan la presencia del hablante en su enunciado dentro de la lengua estándar, aunque potenciados: los deícticos personales y afines, los discursos valorativos y abstractos, etc.” 27. En primer lugar, mediremos la presencia de los diversos connotadores de mímesis, que nos permitirá tantear la cantidad de información narrativa. En segundo lugar, evaluaremos el grado de presencia del narrador teniendo en cuenta la frecuencia de las escenas en el relato y algunos elementos gramaticales que pueden evidenciar la actitud mimética del narrador al contar la historia.

2.1. Cantidad de información narrativa:
connotadores de mímesis

Para la primera parte de este análisis, es útil la búsqueda de lo que Genette llama connotadores de mímesis (efectos de realidad, según la terminología de Barthes 28). Se trata de encontrar indicaciones circunstanciales o pintorescas, aparentemente inútiles para el desarrollo de la trama, pero que consiguen una mayor ilusión referencial 29. Esos connotadores desvían de algún modo la atención del lector hacia algo accidental. De forma que el lector puede tener la sensación de poder vagabundear la mirada en esa escena, tal como lo haría si estuviera realmente presente en aquel lugar.

Nos proponemos en este punto recorrer algunas perícopas del cuarto evangelio, para poder valorar la actitud mimética de su narrador. Tal como hace notar M. Davies 30, en líneas generales, se puede observar que la narración joánica no suele ofrecer descripciones de los personajes o de lugares que no sean pertinentes en el hilo conductor del relato. En efecto, no sabemos qué fisionomía externa tenía –salvo un dato de su edad: no más de cincuenta años 31–, ni qué vida diaria hacía Jesús. El narrador se muestra muy parco a la hora de trazar los marcos de los acontecimientos: se contenta con una mera mención del lugar y tiempo del episodio, muchas veces con datos parciales 32.

Sin embargo, para valorar adecuadamente la actitud del narrador, tenemos que partir del género literario que adopta cada escrito concreto. Es fácil notar que ningún evangelio ofrece datos biográficos tal como lo haría una biografía moderna, puesto que el género “evangelio”, no busca una descripción minuciosa de los hechos, sino que narra una historia, eligiendo unos motivos y unos fines, y subrayando unas circunstancias frente a otras 33. Es decir, la valoración de la actitud del narrador del relato joánico ha de medirse en comparación con la de los otros evangelistas. Por esta razón, nos detendremos en primer lugar en las perícopas que tengan versículos paralelos con los sinópticos 34.

1) Retorno de los Doce y el retiro a la costa este del mar de Galilea (Mt 14,13; Mc 6,30-32; Lc 9,10; Jn 6,1): Juan es el único que dice explícitamente que se trata del mar de Galilea.

2) Multiplicación de los panes para cinco mil hombres (Mt 14,13-21; Mc 6,33-44; Lc 9,11-17; Jn 6,2-14): encontramos en la perícopa joánica varios detalles omitidos en los sinópticos. En primer lugar, Juan es el único que observa que los panes eran de cebada. En segundo lugar, Juan califica con adjetivos algunos datos: habla de la presencia de una “gran” multitud (Mc también dice que eran “muchos”) y lo dice en redundancia, porque en seguida se dice que eran cinco mil; y se dice que había “mucha” hierba (Mc añade que era hierba “verde”). En tercer lugar, notamos que Juan es el único que aclara la fecha en la que sucedió el hecho: la Pascua de los judíos. Finalmente, en el diálogo entre Jesús y los discípulos, Juan es el único que revela nominalmente la identidad de cada uno (Felipe y Andrés son los que hablan con Jesús); mientras que en los sinópticos los discípulos actúan como un único personaje.

3) Jesús camina sobre las aguas (Mt 1,4:22-36; Mc 6,45-56; Jn 6,15-21): aun siendo la perícopa joánica la más breve, allí se resalta que el viento era “fuerte”, que los discípulos llevaban 25-30 estadios remando y que llegaron “enseguida” a la tierra donde habían querido ir.

4) La unción a Jesús en Betania (Mt 26,6-13; Mc 14,3-9; Jn 12,1-11): resaltamos que Juan y Marcos aclaran que el perfume consistió en el nardo puro, de buena calidad. Juan añade que el olor del perfume llenó la casa y pone en boca de Judas la queja por la unción, mientras que Mateo dice que fueron los discípulos, y Marcos se queda con un genérico “algunos de ellos”.

5) Ingreso triunfal en Jerusalén (Mt 21,1-17; Mc 11,1-11; Lc 19,29-44; Jn 12,12-19): en estos paralelos, la perícopa de Juan es la más breve y cuenta menos hechos, puesto que omite el episodio de la búsqueda del asno. Pero también Juan es el único que dice que la multitud salió a recibir a Jesús con las ramas de palmera (ta. bai<a tw/n foini,kwn), cuando los sinópticos especifican menos sobre las ramas (Mt: kla,douj avpo. tw/n de,ndrwn; Mc: stiba,daj;; Lc: no dice nada sobre las ramas).

6) La agonía en Getsetmaní (Mt 26,30-46; Mc 14,26-42; Lc 22,39-46; Jn 18,1): solo Juan dice que el lugar está al otro lado del torrente de Cedrón.

7) El arresto de Jesús (Mt 26,47-56; Mc 14,43-52; Lc 22,47-53; Jn 18,2-11): Juan nos cuenta que Judas conocía el lugar porque habían estado los discípulos muchas veces allí. Además, da el nombre de Malco, el siervo al que Pedro le cortó una oreja. La turba se presenta a prender a Jesús no solo con armas, sino también con linternas y antorchas.

8) La negación de Pedro (Mt 26,58-75; Mc 14,54-72; Lc 22,54-62; Jn 18,15-27): como peculiaridad del relato joánico, se puede destacar el hecho de que se identifica a los que indagan a Pedro (la portera de la casa del Sumo Sacerdote y un pariente de aquel a quien Pedro había cortado la oreja), la mención de que hace frío y las circunstancias en las que Pedro entra en el patio (por la gestión del discípulo conocido por el Sumo Sacerdote).

9) El juicio a Jesús por el Sanedrín (Mt 27,1-2; Mc 15,1; Lc 22,66-71; Jn 18:28): Juan da el detalle de que era de mañana y da las razones de la ausencia de los acusadores: ellos no entraron en el pretorio para no contaminarse y así poder comer la Pascua.

10) La crucifixión (Mt 27,31-34; Mc 15,20-23; Lc 23,26-33; Jn 19,17): Juan cuenta que el lugar de la crucifixión estaba cerca de la ciudad y que muchos judíos leyeron el título que puso Pilato al reo. Se cuenta que la túnica no tenía costura, que estaba tejida de arriba abajo. Además, es Juan quien nos habla de la presencia junto a la cruz de la madre de Jesús, de su hermana, María mujer de Cleofás, de María Magdalena y del Discípulo Amado.

11) La sepultura de Jesús (Mt 27,57-66; Mc 15,42-47; Lc 23,50-56; Jn 19,31-42): Juan añade que José de Arimatea era discípulo de Jesús, pero que lo era secretamente por miedo a los judíos. Habla de los detalles del bálsamo que llevaron: cosa de cien libras, además de decir que el embalsamamiento se hizo según las costumbres judías. Insiste en que el sepulcro era nuevo, no usado por nadie.

12) El anuncio de la Resurrección por parte del Ángel (Mt 28,1-8; Mc 16,1-8; Lc 24,1-12; Jn 20,1-10): Juan nos cuenta los detalles de los lienzos y el sudario puestos allí: y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.

Con estas observaciones, se puede afirmar que el estilo de los relatos de acontecimientos de Juan favorece la condensación de la información narrativa, lo que significa un posible nivel alto de ilusión mimética. En este sentido, se puede decir que se asemeja mucho –en lo que se refiere a la ilusión mimética de los relatos de acontecimientos–, al estilo narrativo de Marcos, amante de dar varios detalles minúsculos de los sucesos 35.

Este mismo estilo sale a relucir también en los pasajes propios de Juan –especialmente las narraciones de los hechos portentosos–. Se puede notar la presencia de detalles de orden mimético, aparentemente de poca importancia para la representación de los acontecimientos.

1) Las bodas de Caná (2,6-7): en medio de una narración sobria en detalles, el narrador se pone a describir las tinajas: seis tinajas de piedra preparadas para las purificaciones de los judíos, cada una con capacidad de unas dos o tres metretas, que fueron llenadas hasta arriba.

2) Diálogo con la samaritana (4,28): se menciona el detalle de que la mujer dejó el cántaro junto al pozo antes de irse a la ciudad.

3) La curación del hijo de un alto funcionario real (4,52): se explicita que la curación se hace a la hora séptima.

4) La curación del paralítico (5,5): se ofrece el dato sobre el tiempo que el paralítico llevaba enfermo: desde hacía treinta y ocho años.

5) La curación del ciego (9,1): se dice que el ciego curado lo es de nacimiento.

6) La resurrección de Lázaro (11,1-44): Lázaro llevaba cuatro días muerto, enterrado en una cueva tapada con una piedra, y una vez resucitado aparece atado de pies y manos con vendas, y el rostro envuelto con un sudario.

7) La pesca milagrosa (21,1-13): se describe que la barca estaba a doscientos codos de la orilla, y la redada consistió en ciento cincuenta y tres peces grandes. Se observa que la red no se rompía. Se cuenta que Jesús recibió a Pedro con las brasas encendidas.

La frecuencia de estas descripciones tan minuciosas ha sorprendido a los lectores del cuarto evangelio a lo largo de la historia 36. ¿Qué significan los panes de cebada, el viento fuerte, el nardo puro, las tres metretas, los treinta y ocho años de enfermedad, las cien libras que costó el bálsamo a José de Arimatea, o los ciento cincuenta y tres peces grandes? Lo que es cierto es que no cumplen un papel esencial en la representación del episodio. Algunos autores han querido ver en esos detalles una señal de hechos biográficos no conscientes 37, signo de que los acontecimientos son narrados de primera mano. No obstante, otros autores niegan que se traten de connotadores de mímesis en el sentido que hemos expuesto, puesto que ponen en un primer plano una significación simbólica en todos los casos. Esto les lleva a reconocer en estos detalles una función semántica y a sostener que ningún detalle es incidental 38.

No pretendemos negar que en algunos de estos detalles el autor del cuarto evangelio haya querido simbolizar algo más de lo que dice literalmente. Sin embargo, a la hora de valorar estos detalles a un nivel estilístico, narrativo, nos parece más adecuado sopesar la actitud del narrador antes que buscar en todos los detalles un papel semántico. Por eso, nos inclinamos a pensar que estos detalles connotan en efecto una actitud de mímesis, que hace que el relato tenga un carácter muy vivo, cercano, y son un índice adecuado para medir la distancia del narrador con respecto a la historia.

2.2. La presencia del narrador:
escenificación y elementos gramaticales de teatralidad

El segundo criterio para valorar la actitud mostrativa del autor de un relato es el grado de la presencia del narrador. Tal como se ha dicho anteriormente, el narrador puede elegir un modelo narrativo más o menos mimético para representar un mismo acontecimiento. El relato tendrá un nivel de intervención del narrador acorde con esa elección. Hemos visto también que, según la categoría aristotélica, el drama constituye el caso más extremo de imitación. En una narración dramática el autor deja hablar al mismo relato y se reduce a un mínimo la presencia explícita del narrador 39.

Sobre la categoría aristotélica, Genette establece una graduación de mimeticidad, con el criterio dado por la siguiente ecuación: información + informador = C 40. En el drama (puro showing), la información tiende a C –un número constante–, mientras que el informador tiende a cero; y en la pura diégesis (puro telling) sucede lo contrario: el informador tiende a C y la información a cero.

En esta sección nos proponemos valorar el lugar que ocupa el relato joánico en esta graduación mostrativa. A veces, el mismo género literario nos indica su nivel de imitación. El teatro, por ejemplo, es pura mímesis, puesto que “representa e imita a las personas que obran en la realidad social” 41. Sin embargo, hay géneros que pueden albergar una amplia gama de mostración. Por eso se nos hace necesario poder medir esta mimeticidad o teatralidad. En esta sección, nos proponemos examinar la narración del cuarto evangelio en los siguientes aspectos: el nivel de presencia de las escenas; el uso del presente histórico; el tipo de partículas de conexión y el empleo de los deícticos espacio-temporales.

2.2.1. Presencia de las escenas

Este aspecto tiene que ver más directamente con el estilo literario –el género adoptado– del cuarto evangelio. Una mayor frecuencia de las escenas y de los diálogos acercará la obra a un género más dramático, y nos indicará una menor presencia del narrador en el relato. Tal como reconoce G. Genette 42, lo esencial de la escena en cuanto tal no es la explicación de las causas o las consecuencias de los hechos, sino simplemente mostrarlos. Por tanto, podría decirse que la actitud del autor de un texto dramático es más showing que telling.

Observemos con atención otra vez algunas perícopas paralelas de los sinópticos y el cuarto evangelio, correspondientes al relato de la Pasión. Es fácil advertir que el texto joánico escenifica más que los sinópticos.

a) El arresto de Jesús (Mt 26,47-56; Mc 14,43-52; Lc 22,47-53; Jn 18,2-11): se puede notar que solo en Juan se oyen voces de los que vienen a prender a Jesús, en forma de diálogo.

b) El juicio romano (Mt 27,11-30; Mc 15,2-19; Lc 23,2-25; Jn 18,28-9,16): es fácil apreciar la teatralidad de la perícopa joánica, puesto que es el más dramático. Prácticamente el narrador deja de intervenir y el relato se sostiene con el diálogo entre Pilato y Jesús.

c) Las primeras apariciones del resucitado (Mt 28,9-10; Mc 16,9-11; Lc 24,9-11; Jn 20,1-10): podemos percibir que solo Juan presenta la aparición en forma de un diálogo auténtico entre María Magdalena y Jesús. En los sinópticos los únicos que hablan son Jesús y los ángeles.

Además, se puede percatar de que una parte importante de los episodios propios de Juan es narrada en forma de diálogo: la vocación de los primeros discípulos (1,35-42); la conversación con Nicodemo (3,1-22); el episodio con la samaritana (4,1-45); la discusión sobre el Pan de vida (6,22-71); la disputa con los judíos (7,40-51); la curación del ciego de nacimiento (9,1-41); y la Última Cena (13,1-17,26).

Tal como se puede observar en este elenco, el autor del cuarto evangelio prefiere los diálogos como un medio útil para configurar la obra. En términos de la ecuación de Genette arriba presentada, la información es mayor que el informador. En otras palabras, la distancia narrativa se acorta: el punto de vista del autor es cercano a los hechos de la narración.

2.2.2. Presente histórico

Los siguientes aspectos que analizaremos tienen un carácter más gramatical. Se trata de descubrir algunas señales de la presencia del narrador en el texto joánico. Siguiendo la pista que nos han dejado algunos autores, centraremos nuestra atención en tres elementos lingüísticos que nos ayudarán a intuir la mimeticidad –o, lo que es lo mismo, la teatralidad–: el uso retórico del presente histórico, de las partículas de conjunción y de los deícticos espacio-temporales 43.

Es necesario advertir que el análisis gramatical no funciona a un nivel deductivo, sino a uno verificativo. Esto es, no se puede llegar a las conclusiones sobre el autor solo con estos datos gramaticales. Estos deben ser considerados más bien como unas huellas del estilo del autor, casi insignificantes tomados en sí mismos, pero que en conjunto nos ayudan a corroborar una intuición sobre la actitud del narrador. Por eso, todas las deducciones que se hacen a partir de la sintaxis son discutibles, pero esos datos gramaticales pueden ser elocuentes a un nivel de verificación.

En primer lugar, nos ocupamos brevemente de la compleja cuestión del presente histórico. Se denomina con el calificativo “histórico” a los verbos en presente indicativo que se emplean para designar una acción del pasado. Lo natural en una narración sería usar un tiempo verbal correspondiente al pretérito, como es el aoristo, tiempo narrativo por antonomasia –o tiempo cero, como prefieren decir los lingüistas–. Sin embargo, nos encontramos con que en algunos relatos se observa una alta frecuencia del uso del presente para las acciones del pasado. Por eso los analistas intentan explicar cuándo y por qué se utilizan estas formas verbales.

En un estudio monográfico, J. J. O’Rourke ha estudiado los usos del presente histórico en el cuarto evangelio 44. Este autor cuenta hasta 164 presentes históricos, lo que convierte al evangelio de san Juan en el libro neotestamentario más pródigo en su utilización 45. Autores como R. E. Brown 46 prefieren considerar algunos de esos presentes más bien como presentes simples, con lo que el número del uso de esta forma verbal bajaría algo, pero no por eso deja de ser importante su frecuencia.

Ahora bien, ¿por qué el autor del cuarto evangelio utiliza tanto el presente histórico? Es una cuestión que ha generado opiniones variadas, a veces polémicas.

Un grupo de estudiosos sostiene que se trataría de un arameísmo, alegando que el presente histórico del griego correspondería más o menos al participio arameo 47. Es decir, el uso del presente histórico se incluiría dentro de un estilo defectuoso del griego –o una transliteración del habla oral–.

Sin embargo, en la actualidad, muchos otros autores consideran que el presente histórico cumple una función semántica o pragmática en el seno de la narración joánica 48. Habiendo revisado la bibliografía sobre el tema, es posible reconocer tres tipos de explicaciones acerca del papel retórico del presente histórico.

El primero de ellos sostiene que el presente histórico da una mayor vivacidad general al relato. Por ejemplo, C. Casparis ofrece una explicación al respecto: el uso del presente histórico, crearía un efecto de hacer más viva la narración de los acontecimientos pasados y funcionaría como una señal de la manifestación de la interioridad del narrador. Y precisamente en esta actitud subjetiva se podría reconocer el carácter de testimonio ocular 49.

El segundo grupo da un paso más y dice que se trata de un marcador que sirve, más que para una mayor vivacidad general, para dar una mayor prominencia a una parte del relato 50. En un estudio sobre el uso del presente histórico en el cuarto evangelio, D. Boos sostiene que la función primaria de esta forma verbal sería resaltar aquellos episodios que construyen un mayor nivel de atracción al lector en la estructura de la trama 51. En otras palabras, el presente histórico construiría un relieve en el tono de la narración, de modo que el lector perciba algunos hechos como principales y otros como secundarios.

Por último, algunos establecen una relación estrecha del presente histórico con la actitud presencial de la narración del cuarto evangelio. Así es la opinión de D. Tovey, que ve en la alternancia constante entre el tiempo del presente y del pasado en el relato de Juan una tendencia inevitable a dar un aspecto presencial al tono de la narración 52. Este autor se basa en un estudio de K. Hamburger 53, que sostiene que el presente histórico produce un efecto de dramatizar los hechos a la hora de focalizarlos y de narrarlos, puesto que otorga un aspecto muy presencial. Esta idea coincide con una de nuestras conclusiones del estudio del tiempo narrativo, en la que sostuvimos que en la narración joánica hay una cierta omnitemporalidad, o análogamente, presencialidad.

Una vez que hemos explorado las diversas opiniones sobre el presente histórico, nos inclinamos a pensar que, en efecto, esta forma verbal cumple una función retórica en el evangelio de san Juan. Podemos aducir para ello un argumento externo y otro interno.

Como argumento externo, observamos que es difícil sostener actualmente que el presente histórico tiene un mero uso espontáneo, si se tiene en cuenta de que su empleo es común a los discursos cultos y los no-literarios 54; pertenecientes a ambientes semitas y griegos 55. El autor del cuarto evangelio conocería sobradamente la función de esta forma verbal.

Como argumento interno, acudimos a una cierta sistematicidad en el uso del presente histórico en el evangelio de san Juan. O’Rourke observa que el verbo “hablar” (usado 60 veces) no esté nunca en presente histórico, mientras que “decir” utiliza 119 de las 266 usos en esa forma verbal 56. También Moulton piensa que Juan sabe variar el presente histórico con el aoristo con mucha naturalidad, puesto que describe los acontecimientos principales en presente y los secundarios en aoristo. Esto es algo que hace sospechar su uso dramático.

Este argumento se corrobora observando el uso de algunos presentes históricos en el texto joánico. Se puede comprobar que la opinión de Boos arriba mencionada coincide con la configuración de la narración del cuarto evangelio.

En lo que se refiere al tema que más nos interesa en este punto –la presencia del narrador en el relato–, se puede decir que la función retórica de los presentes históricos, muy frecuentes en el cuarto evangelio, constituye una señal de una mayor presencia de la información en comparación con el informador, según la fórmula genettiana arriba presentada. O, en términos de distancia, señal de la cercanía de visión del narrador con respecto a la historia narrada.

2.2.3. Tipo de partículas de conjunción

Un segundo elemento gramatical que queremos tener en cuenta a la hora de valorar la actitud del narrador con respecto a la historia es el tipo de partículas de conjunción que se utiliza en el relato. En esto, acudimos a un artículo de V. S. Poythress, en el que el autor trata descriptivamente los usos y las funciones de las conjunciones más importantes del cuarto evangelio 57. Hay que decir que el objetivo principal de este estudioso se desvía un poco del punto de nuestro interés, puesto que lo que le interesa es mostrar que se utilizan las conjunciones según unas determinadas reglas, con una gran coherencia, a lo largo de todo el evangelio, para respaldar la autoría única de todo el texto. No obstante, algunas de sus observaciones nos pueden ayudar a valorar el estilo narrativo propio de este evangelio, también en lo que se refiere a la distancia narrativa.

En primer lugar, notamos que las conjunciones preferidas del cuarto evangelio no producen una organización lógica compacta en el relato 58. Se suele aceptar que las conjunciones como “entonces, en efecto, así que” producen una mayor lógica argumentativa. Poythress sostiene que la relativa ausencia de estas partículas 59 y, sobre todo, la gran frecuencia del asíndeton –omisión de toda conjunción, que suele dar más viveza al concepto– hace que el tono del cuarto evangelio sea menos argumentativo 60. Esta observación coincide con el tono vivaz y narrativo del relato joánico que habíamos mencionado anteriormente.

En segundo lugar, podemos resaltar el hecho de que el evangelio de Juan utiliza relativamente poco la conjunción “sin embargo”. 61. En el artículo citado, se describen los dos usos principales de esta partícula 62. En algunos casos, “sin embargo” aparece introduciendo un sujeto, junto con un artículo. Se trata de una frase hecha, que sirve para hacer hincapié en el personaje que está por intervenir (por ejemplo, en 2,8; 18,7; 20,25). Pero en otros casos, y nos interesa advertirlos, esta conjunción introduce una oración fuera de la línea de los hechos, del hilo narrativo. Es decir, su presencia nos indica una clara intervención del narrador. La poca frecuencia de esta partícula nos puede servir de señal de que el narrador del cuarto evangelio interviene con claridad, pero infrecuentemente en la narración.

Por último, queremos subrayar la función de la conjunción “entonces” en el relato joánico. Llama la atención la profusión de esta partícula a lo largo de todo el evangelio 63. Poythress 64 estudia las diversas posibilidades del uso de “entonces”, de las que destacan tres: a) como un marcador de la unión lógica entre dos oraciones; b) como un medio para volver al hilo central del relato después de una posible digresión; y c) como un marcador de un cambio de agente de la acción.

Aunque esta conjunción tiene como función ordinaria la primera de las apenas indicadas, en este evangelio solo la cumple en contadas ocasiones (por ejemplo, en 4,40; 13,6; 20,2). Nos interesan sobre todo las dos últimas funciones. La segunda nos dice que esta partícula sirve muchas veces para cerrar un paréntesis abierto en medio de una narración 65. Si consideramos los connotadores de mímesis que hemos mencionado arriba, parece natural que esta conjunción tenga que aparecer con una alta frecuencia 66. Finalmente, con la tercera función indicada, se está diciendo que esta partícula puede considerarse como un marcador de dramaticidad, puesto que indicaría una intervención de un nuevo personaje 67. Esta observación coincide con la opinión de varios autores sobre el uso de esta conjunción 68.

En suma, estas observaciones nos llevan a verificar por un lado lo que hemos deducido anteriormente acerca de la presencia de los connotadores de mímesis y de la teatralidad. El narrador del cuarto evangelio cuenta los hechos con una gran vivacidad, es amante de los detalles y en ese sentido, deja hablar a la narración misma.

2.2.4. Deícticos espacio-temporales

Finalmente, como tercer elemento gramatical para estudiar la distancia del narrador con la historia, acudimos a los deícticos espacio-temporales. En cuanto que son señalamientos, gestos gramaticales, nos pueden indicar la ubicación del narrador con respecto a los objetos indicados. Habitualmente, el significado de los deícticos está determinado por el lugar del hablante: si digo “aquella chica”, ya estoy connotando una cierta distancia entre esa persona y yo, y al decir “esto sucedió allí”, estoy indicando que ya no me encuentro en ese lugar.

Observaremos en primer lugar los adverbios de lugar: “allí” y “aquí”. A continuación, presentamos la frecuencia del uso de estos dos deícticos en los cuatro evangelios:

allí

aquí

Mt

28

Mt

18

Mc

11

Mc

10

Lc

16

Lc

15

Jn

22

Jn

5

Lo primero que llama la atención es la preferencia del cuarto evangelio por la indicación espacial más distante. Analicemos más detalladamente los usos de estos deícticos.

En cuanto al deíctico más distante, señalamos, por un lado, que en la mayor parte de las ocasiones es el narrador quien lo utiliza (los personajes lo utilizan solo en cuatro de las veintidós ocasiones 69). Por otro lado, observamos que no hay unos lugares determinados a los cuales especifique este deíctico. A veces es Galilea (2,12; 6,3. 22. 24), otras veces Samaría (4,6), otras Jerusalén (5,5; 11,8, 18,2; 19,42) u otras localidades de Judea (11,15.31; 12,9). Esto significa que el narrador se distancia de todos los lugares al mismo tiempo –todos los lugares son “allí” para el narrador–, dejando claro que está contando desde otro lugar (y desde un futuro distante).

En lo que se refiere al deíctico más cercano, hay que indicar que en las cinco ocasiones (6,9.25; 11,21.32; 20,27) se encuentra en el discurso directo, en boca de algún personaje y nunca en palabras del narrador. Existen algunos otros deícticos que pueden considerarse análogos (2,16; 7,3; 14,3; 18,36; 19,18), pero tampoco son utilizados por el narrador y son infrecuentes, algo que demuestra que el narrador no está en el “aquí” de los acontecimientos 70.

Un resultado similar da la observación de los deícticos pronominales. Tal como se puede observar en los datos que ofrecemos a continuación, llama la atención la alta frecuencia del deíctico “aquel” en el cuarto evangelio, en comparación con los evangelios sinópticos. En cambio, el relato joánico es el que menos utiliza los deícticos más inmediatos como “este”.

aquel

este

Mt

51

Mt

917

Mc

21

Mc

762

Lc

32

Lc

1010

Jn

70

Jn

693

Es interesante hacer notar el uso que se da a “aquellos” en la narración joánica. La mayor parte de las veces, el autor del evangelio utiliza el deíctico de distancia para indicar a los personajes. A continuación, presentamos un elenco de su uso, indicando quién es el que lo utiliza.

a) El narrador: señala con este deíctico a Jesús (6 veces), a los judíos (4 veces), al Discípulo Amado (4 veces), a Judas (2 veces), a Pedro (2 veces) y a otros personajes menores (2 veces).

b) Jesús: al Padre (6 veces), al Espíritu Santo (5 veces), a Judas, al diablo y al mal pastor (1 vez).

c) Otros personajes –los judíos (4 veces); el Bautista (3 veces), la Samaritana y el paralítico (1 vez)–: siempre señalando a Jesús.

Tovey indica que este tipo de deícticos sirve para marcar fuertemente a los personajes 71. Ya sea porque “aquellos” implica algo ya mencionado, o conocido por el autor y el lector anteriormente, ya sea porque el autor y el lector pueden compartir la distancia que les separa de los personajes, este deíctico nos puede servir para determinar la ubicación del narrador y de los personajes. El narrador se encuentra en una ubicación en la que puede señalar a Jesús y a los demás personajes; la situación de Jesús le permite mostrar primariamente al Padre y al Espíritu Santo y secundariamente al diablo, a Judas y al mal pastor; y los demás personajes aparecen siempre indicando a Jesús. En general, la capacidad de poder señalar indica la existencia de una relación.

Otras veces, “aquellos” se refiere al tiempo de los hechos (1,39; 4,53; 5,9; 11,49.51.53; 18,13; 19,31.35; 21,3: siempre por el narrador) –lo que confirma la retrospectividad de la narración– o a un tiempo del futuro (14,20; 16,23.26: las tres veces en boca de Jesús).

Aunque no nos detendremos a comentar el lugar del lector en este punto, es indudable que estos deícticos son señales de cercanía entre el narrador y el lector, los dos ubicados a una cierta distancia espacio-temporal de los personajes y de los acontecimientos que se cuentan: tanto para el narrador como para el lector, los personajes son “aquellos”, provenientes “de aquel lugar” y los hechos sucedieron “en aquel momento”.

Tal como se advirtió anteriormente, estos datos gramaticales no pueden considerarse como definitivos. Pero tomados globalmente, junto con los otros datos que hemos estado manejando, nos ayudan a caracterizar la distancia que toma el narrador con respecto a los hechos narrados. Estos deícticos son “fuertes” y son un dedo “señalizador”, que tiene como efecto medir la brecha entre el tiempo del relato y el tiempo del discurso.

Pero aquí hay algo que nos sorprende, y es que estos datos parecen a primera vista distintos, incluso contradictorios con las observaciones que apuntábamos anteriormente al analizar los connotadores de mímesis, la escenificación y los presentes históricos. Decíamos que la observación de esos datos llevaba a pensar que el narrador del cuarto evangelio se encuentra muy cerca de los hechos, puesto que sabe dar un tono vivaz a la narración, es amante de dar los detalles y dejar intervenir a los personajes quedándose él en un segundo plano. Sin embargo, el tipo de deixis que utiliza descubre un narrador más lejano a los hechos. Por ahora, no queda otro remedio que dejar apuntada esta aparente paradoja, para poder interpretarla más adelante con más elementos de juicio.

3. Análisis de los Relatos de palabras

Continuamos nuestro análisis de la distancia narrativa, ahora con el segundo tipo de relatos según las categorías de Genette: relatos de palabras. En realidad, estrictamente hablando, la observación minuciosa de los relatos de palabras corresponde al estudio de la voz narrativa, en el que se analiza el modo de expresión en las palabras de los personajes y del narrador. De todas maneras, es lícito abordar en este apartado algunos aspectos de los relatos de palabras para poder valorar la distancia del narrador respecto de los hechos de la historia, tal como se ha hecho a propósito de los relatos de acontecimientos.

Los relatos de palabras constituyen la mayor parte de la narración de los cuatro evangelios. Más concretamente, se puede hacer notar que casi las tres cuartas partes de los versículos del evangelio de san Juan son relatos de palabras: la voz del narrador no parece ser prioritaria. No hay duda de que los evangelios nos quieren hacer oír, de un modo privilegiado, las palabras de Jesús y de los otros personajes que aparecen en la narración. En este apartado, nos proponemos valorar la distancia narrativa que se deduce de este tipo de discursos.

Quizás alguien podría plantearse: ¿cuál es el interés de estudiar la mimeticidad de estos relatos, cuando están “condenados” a una imitación absoluta, puesto que se trata de verbalizar una acción verbal? Ciertamente, el relato de palabras es capaz de ser muy fiel a las palabras pronunciadas en el mundo real. De todos modos, también dentro de estos relatos cabe una mediación diferenciada del narrador, con más o menos distancia, puesto que las palabras representadas pueden ser relatadas con distintas formas de discurso 72:

  1. una primera forma es el discurso narrativizado, en el que las palabras son tratadas como si fuesen un acontecimiento más, por la boca del narrador (por ejemplo, Lc 4,15)
  2. la segunda forma es el discurso transpuesto, en el que el narrador acomoda en estilo indirecto las palabras de los personajes (por ejemplo, Mc 5,43).
  3. por último, la tercera forma es el discurso restituido, en el que el narrador cede las palabras a un personaje a través del estilo directo (por ejemplo, Jn 1,21).

Esta clasificación nos ayudará a distinguir el grado de mímesis de las palabras en el relato. Lógicamente, un narrador que utiliza de modo habitual el discurso restituido en su relato está imitando más la historia que otro narrador que prefiera el discurso narrativizado o el transpuesto. Por tanto, puede decirse que la frecuencia del estilo directo –que caracteriza el discurso restituido– es señal de la cercanía del narrador con respecto a la historia en cuanto a la actitud mimética 73.

3.1. Relatos en discursos narrativizados

Tal como acabamos de mencionar, los discursos narrativizados manejan las palabras pronunciadas en la historia como si fuera una acción más. Estos discursos resultan menos miméticos porque las palabras aparecen elaboradas por el narrador. En ese sentido, los discursos narrativizados otorgan al relato una mayor distancia de los hechos y una mayor concentración de información narrativa.

Por eso, se suele decir que los discursos narrativizados cumplen una función doble: por una parte, función diegética, porque al observar desde más lejos el acontecimiento, el relato se desdramatiza –conocemos menos detalles–, adquiere un menor nivel de showing y otorga un mayor papel al narrador; por otra parte, tienen una función sintética, porque al transmitir una información concentrada, se agiliza el ritmo de la narración.

Hay que decir que prácticamente todos los relatos –la excepción es el teatro puro– narrativizan por lo menos una parte de las palabras de los personajes, puesto que de otro modo el ritmo de la narración se haría demasiado lento y cansino. Observando los relatos de palabras del cuarto evangelio, notamos que la narración joánica no constituye una excepción. Inevitablemente, el narrador interviene en varias ocasiones para decir con sus propias palabras el contenido de las palabras de los personajes.

Vamos a examinar más de cerca qué papel juegan estos discursos narrativizados en el relato joánico. Hemos podido distinguir tres aplicaciones de este tipo de discursos.

a) Discurso de los personajes: el narrador narrativiza el contenido del discurso de un personaje. En estos casos, el narrador decide omitir el tenor literal del personaje que interviene. Con eso subraya solo algunos aspectos de su discurso. Por ejemplo, se puede leer en 3,25: “se originó una discusión entre los discípulos de Juan y un judío acerca de la purificación”.

Si el narrador hubiera querido contar este episodio más literalmente, habría reproducido las palabras de la discusión entre los discípulos de Juan y el judío que aparece en esta escena, conoceríamos más detalles y se habría conseguido con ello una menor distancia narrativa. Sin embargo, el narrador joánico ha preferido quedarse de este diálogo solo con las consecuencias que produjo la discusión para la próxima escena: un contexto de una cierta tensión entre los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús. Además, en cuanto que ofrecen una información concentrada –nueva o no–, terminan por agilizar el ritmo de la narración. Se puede decir que el narrador tiene un gran protagonismo para seleccionar lo que le interesa para el relato 74.

Se advierte que esta forma de discurso no es muy frecuente y que la mayoría de los discursos citados pertenecen a los personajes secundarios –es llamativo que nunca se narrativiza de esta forma un discurso de Jesús–.

b) Los relatos – sumarios: el narrador no solo puede narrativizar un discurso de un personaje aisladamente, sino también puede resumir en forma de sumario las palabras que un personaje pronunció en varias ocasiones. El uso de los sumarios en el cuarto evangelio es muy escaso en comparación con los evangelios sinópticos. En este punto, podemos apreciar que es más escaso aún el relato que resume sumariamente las palabras de un personaje 75.

Al narrador del cuarto evangelio no le interesa tanto resaltar el hecho de la actividad de la enseñanza de Jesús, sino más bien el contenido de esa doctrina, transmitida en forma de diálogos –o monólogos–. Jesús según san Juan no anda viajando por las diversas regiones predicando al estilo de los sinópticos, sino que concentra sus enseñanzas en largos discursos, recogidos en estilo directo.

En comparación con los evangelios sinópticos, se puede notar que la frecuencia de estos tipos de discursos narrativizados –discursos de los personajes y los relatos sumarios– es menor, lo que nos indica una menor intención de desdramatizar y de agilizar el relato.

c) Los relatos repetitivos: en tercer lugar, podemos observar que el narrador acude en varias ocasiones a los discursos narrativizados, para volver a expresar la misma idea ya representada en boca de los personajes. Se trata de un breve resumen de las palabras apenas pronunciadas, que le servirá para introducir la siguiente escena, resaltando el efecto de esas palabras. A modo de ejemplo, podemos citar 5,18: “por esto los judíos con más ahínco intentaban matarle, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que también llamaba a Dios Padre suyo, haciéndose igual a Dios”.

Estas palabras del narrador resumen el contenido de las declaraciones de Jesús sobre su relación con el Padre, que acaban de ser reproducidas. Con esta repetición –que podría haberse ahorrado–, el narrador resalta las consecuencias de las palabras del personaje. Es decir, de esta forma, el narrador hace narración lo que acaba de relatar como drama. Aquí volvemos a palpar la paradoja de la actitud del narrador joánico: por un lado, prefiere ser teatral en la representación de los discursos, pero, por otro, no duda en intervenir en la interpretación de esos discursos, dando un cierto carácter narrativo a esas palabras imitadas 76.

3.2. Relatos en discursos transpuestos

Los discursos transpuestos utilizan el estilo indirecto para transcribir las palabras del personaje. El grado de imitación es mayor a los discursos narrativizados, aunque el narrador sigue estando muy presente en el discurso, algo que se puede advertir por el cambio en la sintaxis verbal –la persona, el tiempo o el modo de la forma del verbo utilizado–. El narrador condensa de este modo las palabras que quiere representar en el relato y las integra en el propio discurso, interpretándolas a su estilo 77. Es decir, “aprovecha” el discurso transpuesto para concentrar la información.

Las palabras de los samaritanos podrían haber sido representadas con un discurso directo y el sentido de la frase no habría cambiado nada (algo así como: cuando los samaritanos llegaron a donde él estaba le dijeron: “quédate con nosotros”). La única diferencia reside en que el discurso transpuesto transmite una mayor narratividad al relato 78.

Los ejemplos no son numerosos en comparación con los evangelios sinópticos. Además, observamos que estos relatos cumplen siempre un mero papel de transición en la narración del cuarto evangelio, puesto que ninguna cuestión importante se transmite a través de ellos. Sin embargo, nos bastan para darnos cuenta de que el narrador no está ausente en este relato y de que existe una cierta intención de interpretar los hechos y los discursos que se representan. Asimismo, el hecho de que todos estos discursos indirectos estén regidos por un verbum dicendi –en forma de oración de infinitivo o de completiva con partículas de tipo “para que”– nos indica que la actitud del narrador en estos casos es más mediática que mimética.

3.3. Relatos en discursos restituidos

Los discursos restituidos conforman la absoluta mayoría de los relatos de palabras en el cuarto evangelio. Según nuestros cálculos, más del 90 % de los relatos de palabras están restituidos a los personajes. En especial, se puede destacar que todas las palabras de Jesús aparecen restituidas. No podía ser de otro modo, puesto que es consecuencia lógica del hecho de que las palabras de Jesús se encuentran en el centro de la narración joánica y forman parte esencial de la argumentación del narrador 79.

El narrador restituye las palabras a Jesús de dos modos: con una introducción a través de un verbum dicendi, o bien desapareciendo simplemente de la escena y dejándole hablar. En ambos casos, los discursos se restituyen en estilo directo 80 –preferentemente de modo regido–. Este modo de narrar favorece la presentación dramática de las escenas 81. Cualquier lector atento se da cuenta de que el cuarto evangelio se caracteriza por los largos discursos, los monólogos y los diálogos de los personajes 82. Aunque ya hemos abordado esta cuestión anteriormente, nos será útil echar una mirada a este tipo de relatos a lo largo de todo el evangelio.

La dinámica de las acciones del cuarto evangelio se representa por medio de las palabras de los personajes. Así, el testimonio del Bautista se muestra por el diálogo entre el Bautista y los fariseos (1,19-32); la vocación de los primeros discípulos se dramatiza con un diálogo entre Jesús y los llamados (1,35-51); el primer signo de Caná se narra a través de diálogos (2,1-11); se explica el sentido de la purificación del Templo por el diálogo entre Jesús y los judíos (2,16-20); la visita de Nicodemo termina en un largo discurso de Jesús (3,1-32); posteriormente, se vuelve a presentar el testimonio del Bautista, por medio de un diálogo entre Juan y sus discípulos (3,22-36).

El episodio de la Samaritana consiste en un diálogo entre Jesús y la mujer, y un discurso de Jesús (4,1-25); Jesús cura al hijo de un funcionario real mediante un diálogo (4,46-54). También se cuenta la curación del paralítico por un diálogo, y el relato del prodigio sirve de introducción para un discurso en boca de Jesús sobre el poder del Hijo de Dios (5,19-47); del mismo modo, la multiplicación de los panes narrada en forma de drama, incoa el discurso del Pan de Vida (6,26-6,71).

El episodio de la fiesta de los Tabernáculos es narrado teatralmente, puesto que el narrador apenas interviene (7,1-53). El discurso de Jesús como la Luz del mundo y la reprensión de la incredulidad de los judíos marcan la tensión dramática, sostenida principalmente por el tono del diálogo (8,1-59). También en el relato de la curación del ciego de nacimiento predominan las palabras directas de los personajes, e introduce el diálogo entre Jesús y los judíos, en el que queda patente la ceguera espiritual de estos (9,1-41). Inmediatamente después se presenta el discurso de Jesús del Buen Pastor (10,1-21) y la declaración de la identidad de Jesús con el Padre, motivo del intento de lapidación por parte de los judíos (10,22-42).

La resurrección de Lázaro es también muy teatral, así como el relato del decreto de la muerte de Jesús por parte del Sanedrín (11,1-57). Asimismo, se puede hacer notar que el sentido de la unción de Betania se explica con motivo de la intervención verbal de Judas (12,5-8). El episodio de los griegos y el reproche a la incredulidad de los judíos cierra el capítulo 12, siempre en forma de discurso directo. Desde el inicio del capítulo 13 comienza el relato de la Última Cena, al principio en forma de diálogo entre Jesús y los discípulos, y posteriormente en forma de un largo monólogo de Jesús, que dura hasta la narración de la Pasión.

El relato de la Pasión, aun siendo principalmente un relato de acontecimientos, intercala en gran proporción los relatos de palabras restituidos. En comparación a los sinópticos, el diálogo entre Jesús y los malhechores o Pilato es mucho más teatral, lo mismo de teatral es el diálogo entre Jesús y su madre y el Discípulo Amado. Sucede algo similar con el relato de las apariciones del Resucitado: se representa así, teatralmente, la aparición de Jesús a María Magdalena (20,11-18) y a los discípulos (20,19-29; 21,1-23).

Con estas observaciones, no faltan motivos para concluir que la presencia del narrador no es muy explícita en el relato. No obstante, al mismo tiempo, hay que tener en cuenta que estos discursos en estilo directo van muy al compás de las intervenciones sutiles del narrador, tal como hemos mencionado cuando tratamos los discursos narrativizados y los transpuestos.

Es decir, no es posible encasillar la actitud narrativa del evangelista en una categoría determinada: es al mismo tiempo showing y telling. Es showing porque existe una alta frecuencia de discursos dramáticos –restituidos–, son muy escasos los discursos narrativizados de los personajes o sumarios, y el número de los discursos transpuestos es bajo en comparación con los sinópticos. Pero es también telling –aunque en menor medida– porque al mismo tiempo están presentes unas intervenciones esporádicas del narrador con una clara intención mediática, tal como hemos podido observar en los discursos repetitivos o en los ejemplos de discursos transpuestos.

Ahora bien, ¿cómo hace el narrador joánico para compatibilizar la presentación dramática con una intervención sutil y constante?

Para dar una respuesta satisfactoria sobre la armonía de la multiplicidad de las voces del narrador y los personajes, tenemos que analizar más detenidamente los discursos de palabras, en cuanto que son voces que expresan los puntos de vista de los personajes, objeto de estudio otro trabajo, sobre la voz narrativa. Sin embargo, podemos intuir una pista de solución del problema teniendo en cuenta la actitud mimética del narrador del cuarto evangelio.

4. A modo de conclusión

A modo de una breve conclusión de este estudio, planteamos valorar el alcance de lo que hemos dicho hasta este punto. El objetivo inicial de este estudio era evaluar el grado de imitación de la historia por parte del narrador del evangelio de forma sincrónica. Algunos estudiosos han sostenido 83, que la actitud mimética del narrador nos da una pista para discernir si el tipo del punto de vista que adopta es participativo o contemplativo. Sería participativo si hay una inmediatez en la actitud narrativa; o bien, sería contemplativo si hay una actitud de mediación. Los ejemplos analizados no tienen pretensión de ser un análisis narrativo de un pasaje sino más bien una evaluación metodológica.

Con esa finalidad, hemos analizado los relatos del cuarto evangelio, clasificados según se trate de acontecimientos o de palabras. Los resultados que se han obtenido del análisis nos hablan de una actitud articulada del narrador joánico, una actitud que debe ser interpretada cuidadosamente.

Por un lado, el narrador del evangelio de Juan muestra una actitud de inmediatez. Los datos que corroboran esta actitud son: a) la alta frecuencia y el tipo de los connotadores de mímesis presentes en el relato, b) el alto nivel de escenificación, c) el uso retórico del presente histórico, d) la escasa ilación lógica entre los pasajes y e) la preferencia absoluta del uso de los discursos restituidos en los relatos de palabras. Tal como se ha explicado en su momento, cada uno de estos datos nos habla de la cercanía del narrador a los acontecimientos.

Por otro lado, sin embargo, el narrador muestra al mismo tiempo una actitud de mediación, tal como se ha podido valorar en: a) la posición lejana del narrador en el uso de los deícticos, b) la intención de interpretar los hechos, deducible en los discursos transpuestos, en especial los discursos repetitivos y c) la preferencia de las formas regidas –en detrimento de las formas libres– en los discursos restituidos. Tal como venimos insistiendo, hay una doble actitud del narrador en cuanto a la distancia narrativa.

En este punto, ofrecemos un elemento más: también podemos observar esta actitud analizando la configuración verbal del relato. Se trata de señalar –a modo de verificación– la configuración textual, puesto que tiene una correlación con la distancia del narrador: las dos dimensiones de la actitud narrativa del cuarto evangelio que acabamos de mencionar corresponden al uso de los tiempos verbales utilizados en la narración.

Así se ve la proporción de los tiempos verbales de modo indicativo (en porcentajes) 84 empleados en los cuatro evangelios:

Mt

Mc

Lc

Jn

Imperfecto

6%

19%

14%

11%

Perfecto

2%

3%

2%

8%

Aoristo

42%

35%

44%

33%

Presente

33%

34%

25%

40%

Futuro

16%

8%

13%

7%

Pluscuamperfecto

0,3%

0,5%

0,6%

1%

Se observa que cada evangelio tiene una proporción diferente de formas verbales, correspondientes al estilo narrativo de cada uno. En lo referente al cuarto evangelio, es posible reconocer lo que los estudiosos suelen destacar de la morfología del evangelio de san Juan 85: una mayor proporción del uso del presente y del perfecto, en detrimento del aoristo, del futuro y del imperfecto. No es mucha osadía afirmar que esta observación ratifica nuestras conclusiones sobre la distancia narrativa del cuarto evangelio. La preferencia del uso del presente corresponde a la actitud de inmediatez, mientras que la alta frecuencia del perfecto responde a la actitud de mediación 86.

Llegados a este punto, creemos que esta doble actitud del narrador coincide básicamente con lo que Genette denomina con el nombre de polimodalidad. El narratólogo francés ha mostrado que en algunas novelas se da una aparente transgresión de la taxonomía clásica mímesis-diégesis, puesto que es posible que convivan en una misma obra una mediación extrema –una actitud diegética– y una máxima inmediatez –una actitud mimética– 87. La polimodalidad se produce cuando la «distancia temporal entre la historia y la instancia narrativa no entraña ninguna distancia modal entre la historia y el relato: ninguna pérdida, ninguna disminución de la ilusión mimética. Es decir, la actitud del narrador se caracteriza por una reminiscencia de los hechos, lejanos en el tiempo, pero cercanos para su memoria. En consecuencia, la aparente paradoja de dos actitudes antagónicas puede tener una solución en esta polimodalidad.

No es este el lugar para detenernos a reflexionar sobre la naturaleza del género literario del cuarto evangelio, pero se puede decir brevemente que la Teoría de la Literatura explica lo siguiente: una de las características de la autobiografía –sea histórica o ficticia– consiste en el desdoblamiento del yo en yo narrador y yo narrado 88. Teniendo en cuenta de que el cuarto evangelio tiene elementos de la autobiografía –puesto que se trata de un testimonio de algo vivido personalmente–, el narrador joánico puede participar de este desdoblamiento del yo.

Esto le permite ser a veces mimético, hablando con el yo en primera persona –porque él mismo está presente en la escena–; y otras veces mediático, utilizando el yo en tercera persona –porque la distancia histórica entre los hechos y el momento de la narración produce una cierta objetividad–.

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[recibido: 17/10/2023 – aceptado: 29/09/2024]

Anexo I

Frecuencia de los distintos tiempos verbales de los cuatro evangelios

a) En modo indicativo:

Mt

Mc

Lc

Jn

Imperfecto

142

293

363

287

Perfecto

52

47

60

205

Aoristo

950

540

1079

836

Presente

751

513

626

1028

Futuro

353

123

312

171

Pluscuamperfecto

8

8

16

34

Total

2256

1524

2456

2561

b) Otros modos:

Modo

Tiempo

Mt

Mc

Lc

Jn

Imperativo

Presente

123

82

129

61

Aoristo

165

65

155

74

Perfecto

0

1

0

0

Subjuntivo

Presente

33

38

43

92

Aoristo

250

168

200

295

Perfecto

1

1

1

0

Optativo

Presente

0

0

8

1

Aoristo

0

1

3

0

Perfecto

0

0

0

0

Participio

Presente

443

256

543

269

Aoristo

432

265

422

141

Perfecto

60

41

103

75

Futuro

1

0

1

1


  1. 1 Genette, Figuras III, 10.

  2. 2 Los estudiosos de la hermenéutica dirían que el lector, al descubrir el punto de vista de la narración, encuentra un “horizonte” de interpretación. El intérprete necesita situarse en un “ámbito de visión que abarca y encierra todo lo que es visible desde un determinado punto” (Gadamer, Verdad y método, 372) para poder comprender el texto y modificar el propio horizonte en la lectura.

  3. 3 Cf. Uspensky, A Poetics of Composition, 5. Boris Uspensky se formó en el ámbito del formalismo ruso y fue reuniendo las aportaciones del estructuralismo checo. Los estudiosos reconocen que supo armonizar las contribuciones de importantes autores como Jakobson, Bajtin, Peirce o Lotman. (Cf. Garrido Domínguez, El texto narrativo, 126-130; Zavarin, en el prefacio a Uspensky, A Poetics of Composition, xi-xv).

    En especial, en lo que se refiere al estudio del punto de vista, el interés del modelo que presenta reside en una gran operatividad a la hora de la aplicación. En primer lugar, Uspensky presenta una tipología y no una taxonomía, lo que facilita una visión más amplia y ciertamente una superación del viejo estructuralismo; en segundo lugar, sus propuestas vinculan el punto de vista con la estructura general de una obra, lo que constituye un enriquecimiento evidente de la noción de configuración de una trama vista desde la perspectiva aristotélica. (Cf. Ricœur, Temps et récit. II, 140).

    Además, hay que reconocer que su interés en la manifestación lingüística de estos procesos de comunicación hace que el análisis del punto de vista literario que propone sea muy manejable, tanto a la hora de estudiar la articulación de la estructura del relato, como a la hora de acceder a la percepción y actitud que muestra el autor respecto a la historia relatada (cf. Resseguie, The Strange Gospel, 4-6; Heras, Jesús según San Mateo, 99).

  4. 4 A. Garrido Domínguez resume así la cuestión sobre el punto de vista: “En efecto, para unos se trata de una categoría puramente compositiva, cuya actividad se aprecia únicamente en el marco de la estructura u organización del material de la historia; para otros, en cambio, extiende su radio de acción hasta influir de forma decisiva en el plano del discurso. Todos coinciden, no obstante, en la importancia del concepto para dar cuenta de algo esencial al relato: su configuración como texto” (Garrido Domínguez, El texto narrativo, 122).

  5. 5 J. L. Resseguie ha elaborado una monografía muy lograda sobre este tema (Resseguie, The Strange Gospel). Y es muy llamativo que R. A. Culpepper, M. Davies o D. Tovey dediquen unánimemente el primer capítulo de sus trabajos al análisis del punto de vista (Culpepper, Anatomy of the Fourth Gospel, 13-50; Davies, Rhetoric and Reference in the Fourth Gospel, 22-43; Tovey, Narrative Art and Act in the Fourth Gospel, 44-68).

  6. 6 Cf. Moloney, The Gospel of John, 15.

  7. 7 Cf. Garrido Domínguez, El texto narrativo, 121.

  8. 8 Los nombres “modo” y “voz” se deben a la metáfora lingüística: el modo verbal consiste en cada una de las distintas maneras generales de manifestarse la significación del verbo; y la voz verbal es el accidente gramatical que expresa si el sujeto del verbo es agente o paciente.

  9. 9 Chatman, un seguidor del narratólogo francés, resumía así la necesidad de estudiar la voz separadamente del punto de vista: “el punto de vista es el lugar físico o la situación ideológica u orientación concreta de la vida con los que tienen relación los sucesos narrativos. La voz, por el contrario, se refiere al habla o a los otros medios explícitos por medio de los cuales se comunican los sucesos y los existentes al público. El punto de vista no es la expresión, solo es la perspectiva con respecto a la que se realiza la expresión. La perspectiva y la expresión no tienen por qué coincidir en la misma persona” (Chatman, Historia y discurso, 164).

  10. 10 “Es legítimo concebir una tipología de las “situaciones narrativas” que tenga en cuenta a la vez datos de modo y de voz; lo que no lo es, es presentar semejante clasificación en función exclusivamente de la categoría del “punto de vista” o confeccionar una lista en que las dos determinaciones compitan entre sí sobre la base de una confusión manifiesta” (Genette, Figuras III, 244).

  11. 11 No son pocos los autores que manejan un concepto de punto de vista que abarca la dimensión expresiva –es decir, la voz–. Autores como W. Kort, S. Lanser, o B. Uspensky sostienen que el punto de vista narrativo tiene que ver tanto con la voz del narrador como con la perspectiva desde la cual se cuenta la historia. Cf. Kort, Story, Text and Scripture, 16-17; Lanser, The Narrative Act: Point of View in Prose Fiction, 16; Uspensky, A Poetics of Composition, 33. En especial, estos autores alegan que la perspectiva y la voz son percibidas conjuntamente por el lector y que la visión y el sonido no dejan de ser meras metáforas en la comunicación textual.

  12. 12 Cf. Balaguer, “La Teología Narrativa”, 194. Ricœur diría que la voz pertenece en un campo de transición entre la con-figuración (mímesis II) y la refiguración (mímesis III). Cf. Temps et récit II, 140.

  13. 13 Marguerat - Bourquin, Cómo leer los relatos bíblicos.

  14. 14 Culpepper, Anatomy of the Fourth Gospel. También en Íd., “The Narrator in the Fourth Gospel", 81-96.

  15. 15 Cf. Genette, Figuras III, 220.

  16. 16 “La visión que tengo del cuadro depende, en precisión, de la distancia que de él me separe y, en amplitud, de mi posición respecto de determinado obstáculo parcial que lo oculte más o menos” (ib.).

  17. 17 Platón, La República, 392-395.

  18. 18 Cf. Aristóteles, Poética, 1118 b, 1448 b.

  19. 19 Estas expresiones pertenecen a autores como P. Lubbock o N. Friedman, que desarrollan las intuiciones del novelista y crítico H. James, Cf. Garrido Domínguez, El texto narrativo, 125.

  20. 20 Algunos autores –entre ellos Genette– consideran que todo relato es discurso, incluso cuando narra las acciones, puesto que esas acciones se presentan narrativizadas por medio de un narrador. Y si todo relato es discurso –compuesto de palabras–, ninguno puede mostrar o imitar sin más la acción, ya que todo lo que puede hacer es crear una ilusión de mímesis. “Desde el punto de vista puramente analítico, –dice Genette– que es el nuestro, hay que añadir […] que el propio concepto de showing, como el de la imitación o de representación narrativa (y, más aún, por su carácter ingenuamente visual), es perfectamente ilusorio: al contrario que la representación dramática, ningún relato puede ‘mostrar’ ni ‘imitar’, la historia que cuenta. Solo puede contarla de forma detallada, precisa, ‘viva’, y dar con ello más o menos la ilusión de mímesis, que es la sola mímesis narrativa, por la razón única y suficiente de que la narración, oral o escrita, es un hecho del lenguaje y el lenguaje significa sin imitar” (Genette, Figuras III, 221).

  21. 21 Como acabamos de decir, no hay que confundir esta distinción con la clasificación clásica de diégesis-mímesis. La diferenciación de Genette entre los relatos de acontecimientos y los relatos palabras puede parecer algo trivial, una vez que ha dicho que todo relato es diégesis. Porque si no puede haber un auténtico showing, daría más o menos igual que se hable de una acción o de un diálogo. Sin embargo, la distinción nos resulta útil para el análisis, puesto que los criterios para discernir una mayor o menor mimeticidad difieren según se trate de un relato de acontecimientos o de palabras.

  22. 22 Hay que decir que, en realidad, esta medición no puede ser tomada como un dato definitivo sobre el grado de mímesis narrativo. La preferencia por el relato de acontecimiento no implica necesariamente una mayor mimeticidad. En este sentido, dice Garrido Domínguez: “Tanto en el relato de acontecimientos como en el de palabras pueden seguirse una gradación de la presencia del narrador que va desde un protagonismo casi permanente […] hasta su anulación efectiva […]” (Garrido Domínguez, El texto narrativo, 248).

    Cabe un relato de acontecimiento de mínima ilusión de mímesis y un relato de palabras de máxima mimeticidad. La sola proporción no basta para deducir la actitud mimética del narrador. Así todo, una mayor proporción de relatos de acontecimientos puede ser una primera señal de la mayor presencia del narrador en el relato, y si es así, esa narración tendría una mayor facilidad para ser mimético. “En el relato de acontecimientos el elemento más favorecido es la figura del narrador” (ib., 248: el subrayado es del autor). Para una mayor precisión, también esta afirmación debe ser matizada, tal como lo haremos a continuación, ya que, tanto en el relato de acontecimientos, como en el de palabras puede haber –y se puede medir– una gradación de la presencia del narrador, que va desde un protagonismo continuo hasta la anulación efectiva.

  23. 23 V. Balaguer compara los relatos de la multiplicación de los panes de Marcos y de Lucas, analizando la actitud mimética de los dos evangelistas, tanto para los relatos de acontecimientos como para los relatos de palabras, y llega a la conclusión de que la actitud de Marcos es más mostrativa y en cambio la de Lucas se funda más en el relato: Marcos “muestra” y Lucas “cuenta”. Cf. Balaguer, Testimonio y tradición, 41.

  24. 24 Muchos autores reconocen que el autor del cuarto evangelio sabe compaginar con destreza los relatos de acontecimientos y los relatos de palabras, de modo que el narrador joánico hace notar su mano, tanto en los relatos de palabras como en los relatos de acontecimientos. R. Kysar hace notar que el evangelio de Jn no tiene un patrón narrativo monótono en lo que se refiere al modo de narrar. A veces, deja hablar a la misma narración sin intervenir explícitamente (2,1-11; 4,43-54; 12,12-19; 18,1-19,42), otras veces, es puramente discursivo (7,10-52; 8,12-59; 14,1-17,26), otras veces, integra la narración con el discurso (4,1-42; 5,1-47; 9,1-10,42; 11,1-44; 13,1-38). Pero esta falta de uniformidad –calificada de “provocadora” por Brown– no produce una heterogeneidad en el relato. Por lo que se puede concluir que la interrelación entre la narración y discurso es un rasgo de la destreza del autor. Cf. Kysar, John, the Maverick Gospel, 174.

  25. 25 Cf. Genette, Figuras III, 223.

  26. 26 Si el narrador opta por marcar su relato con una mayor presencia suya a través de frecuentes intervenciones directas, en la mayoría de los casos, termina por perder una ocasión para describir más minuciosamente los detalles del acontecimiento narrado.

  27. 27 Garrido Domínguez, El texto narrativo, 249.

  28. 28 Cf. Barthes, “L’effet de reel”, 85.

  29. 29 Balaguer explica en estos términos la importancia de estos connotadores para reconocer el grado de ilusión mimética: “[…] el producto, el texto, queda como un cuadro semiológico en el que todo significa: una descripción significa, los índices de atmósfera significan, etc. ¿Qué decir entonces del detalle superfluo? Barthes concluye que esos detalles no significan nada, pero indican que lo que se dice es real, son efectos de realidad. […] Genette establecía la figura del “connotador de mímesis”: es el detalle superfluo, la información redundante o pintoresca con la que el autor nos dice que está copiando y no solo narrando la realidad” (Balaguer, Testimonio y Tradición, 42).

  30. 30 Cf. Davies, Rhetoric and Reference, 22.

  31. 31 Cf. Jn 8,57.

  32. 32 La parcialidad o la inexactitud de los datos ofrecidos por la narración joánica llevó a muchos autores –desde la antigüedad– a traducir al simbolismo cada detalle material del relato. Por ejemplo, J. Marsh ve un simbolismo mosaico detrás del relato de la curación del paralítico, leyendo en el número de los pórticos una referencia a los cinco libros de la Ley de Moisés, y en la edad del paralítico (treinta y ocho años) el período de la peregrinación en el desierto (Marsh, The Gospel of St. John, 250). En nuestro análisis, sin estar cerrados a una lectura simbólica, intentaremos ver la función narrativa que cumplen los detalles descriptivos.

  33. 33 Cf. Balaguer, “¿Por qué la muerte y la Resurrección de Jesús?”, 163.

  34. 34 No importa aquí que los paralelos correspondan o no a un solo hecho histórico único, puesto que el punto que nos interesa está a un nivel redaccional.

  35. 35 Cf. Balaguer, Testimonio y Tradición, 43-61.

  36. 36 Cf. Ridderbos, The Gospel of John, 4.

  37. 37 Este concepto proviene de la investigación en el campo de la lingüística textual, en la que se estudió la forma de la elaboración de un texto. Así, Van Dijk comprobó que había dos elementos constantes en el funcionamiento de la memoria a corto y a largo plazo: la macroestructura –que sirve como el elemento configurador– y los detalles innecesarios –elementos complementarios triviales que se recuerdan siempre–. Cf. Van Dijk, La ciencia del texto, 211; Kintsch – Van Dijk, “Comment on se rappelle et on résume des histoires”.

  38. 38 “It is difficult to discover any detail which is incidental to the account, and, because incidental, heightens the sense of representation” (Davies, Rhetoric and Reference, 23).

  39. 39 Cf. Aristóteles, Poética, 1118 b.

  40. 40 Cf. Genette, Figuras III, 224.

  41. 41 Balaguer, Testimonio y Tradición, 61.

  42. 42 Cf. Genette, Figuras III, 187.

  43. 43 Entre otros, tenemos en cuenta un estudio de Hamburger, en el que esta autora analiza la presencia del sujeto de enunciación en el texto ficticio y en el texto histórico, acudiendo a unos elementos lingüísticos como los tiempos verbales, los deícticos o los adjetivos connotadores (Hamburger, La lógica de la literatura).

  44. 44 O’Rourke, “The Historic Present in the Gospel of John”, 585-590.

  45. 45 Este autor se basa, además, en el recuento hecho por Moulton. Según este último estudioso, Marcos tendría 151 presentes históricos (72 pertenecientes a los verbos de lenguaje); Mateo, 93 y Lucas, solo 9. Cf. MoultonTurner, A Grammar of New Testament Greek, III, 60.

  46. 46 Cf. Brown, El evangelio según San Juan, I, 3, 42.

  47. 47 Así, por ejemplo, MoultonTurner, A Grammar of New Testament Greek, IV, 70. En la base de esta opinión puede estar la influencia de la tendencia a considerar el marco judío como el más adecuado para el cuarto evangelio. Burney (Burney, C., The Aramaic Origin of the Fourth Gospel), sostuvo que el cuarto evangelio había sido escrito anteriormente en arameo. Esta hipótesis fue apoyada más adelante por Torrey (Torrey, C., “The Aramaic Origin of the Gospel of John”; Id., Our Translated Gospels: Some of the Evidence, New York 1936). También tuvo mucha influencia el estudio de Black (Black, An Aramaic Origin of the Fourth Gospel), que analizó los arameísmos presentes en el texto de Juan. Aun pensando que es poco probable que haya habido una edición completa del cuarto evangelio en arameo, muchos autores consideran actualmente que la tradición aramea es el campo de cultivo originario de este escrito. Cf. Brown, El evangelio según San Juan, I, 168.

  48. 48 En general, prevalece la opinión de que el estilo lingüístico de Juan no significa “pobreza, torpeza o pedantería, sino que puede ser un procedimiento intencionado con objeto de informar llanamente y con seriedad sobre los acontecimientos sagrados y presentar los discursos de Jesús en un solemne estilo de revelación” (Schnackenburg, El Evangelio según San Juan, I, 139).

  49. 49 Casparis, Tense Without Time, 50.

  50. 50 Así, por ejemplo, Larsen, “Quotations and Speech Introducers in Narrative Texts”; Levinsohn, “Preliminary Observations on the Use of the Historic Present in Mark”.

  51. 51 Boos, D., “The Historical Present in John’s Gospel”.

  52. 52 Tovey, Narrative Art and Act, 178.

  53. 53 “[…] el presente histórico, muy utilizado en la literatura antigua, tiene la función de presencializar los acontecimientos pasados” (Hamburger, La lógica de la literatura, 102).

  54. 54 Cf. Moulton, A Grammar of New Testament Greek, III, 60.

  55. 55 Osburn presenta un elenco del uso del presente histórico en los autores clásicos griegos como Heródoto, Tucídides, Jenofonte o Polibio, y a partir de su observación concluye que esta forma verbal tiene un claro alcance semántico. Cf. Osburn, “The Historical Present in Mark as a Text-Critical Criterion”.

  56. 56 Aunque algunas veces son intercambiables, el autor puede estar diferenciando semánticamente estas dos palabras, le,gw (decir) corresponde a un discurso con contenido, mientras que lale,w (hablar) corresponde al hecho del habla en sí mismo. Es decir, el hecho de que este último verbo no se utilice en presente histórico puede residir en su contenido semántico. Cf. Debrunner, "légo", 219.

  57. 57 Cf. Poythress, “The Use of the Intersentence”, 312-340.

  58. 58 “Topical or thematic unity is more important than tightly knit argument” (ib., 335).

  59. 59 Las partículas ga.r y dio. no se utilizan nunca en el cuarto evangelio, y el uso de a;ra es reducido (64 veces, en comparación a las 124 usos de Mt, 66 de Mc y 97 de Lc).

  60. 60 Cf. Poythress, “The Use of the Intersentence”, 335.

  61. 61 Esta partícula aparece 481 veces en Mt, 161 veces en Mc, 537 veces en Lc y 212 veces en Jn.

  62. 62 Cf. Poythress, “The Use of the Intersentence”, 326.

  63. 63 Jn utiliza 200 veces esta conjunción, mientras que Mt lo hace en 56 ocasiones, Mc en 6 y Lc en 33.

  64. 64 Cf. Poythress, “The Use of the Intersentence”, 327.

  65. 65 Así, Abbott, Johannine Grammar, 2633, dice que “a parenthesis is frequently followed by a resumptive ou=n”.

  66. 66 Poythress cita Jn 18,6.11.16.19; 19,21. Cf. Poythress, “The Use of the Intersentence”, 327.

  67. 67 Esta partícula sería “ […] a way of continuing the narrative whenever there is a shift to a new agent in the action described in the sentence immediately following oun” (Poythress, “The Use of the Intersentence”, 328).

  68. 68 Por ejemplo, Tovey, Narrative Art and Act in the Fourth Gospel,180. Con Ruckstuhl (Ruckstuhl, Die literarische Einheit des Johannesevangeliums, 193-197) piensa que la alta frecuencia de esta partícula produce una energía fascinante de una narración de primera mano. Tovey subraya especialmente esta función dramática cuando se utilizan conjuntamente las conexiones to,te y ou=n –de uso exclusivo del cuarto evangelio (11,14; 19,1.16; 20,8). Estas conjunciones servirían como un punto de apoyo fuerte para el avance del drama. En suma, la repetición de ou=n sería un motivo para incrementar el carácter testimonial del relato.

  69. 69 11,8.15.31; 12,26.

  70. 70 Culpepper señala brevemente esta observación: “To the narrator, therefore, everywhere is “there” and no-where is “here”, (Culpepper, Anatomy of the Fourth Gospel, 27).

  71. 71 “The use of these strong demonstratives evokes a narrative act on the part of the narrator of ‘pointing out’ the character” (Tovey, Narrative Art and Act, 181).

  72. 72 Cf. Genette, Figuras III, 228-230.

  73. 73 Valdría la pena aclarar en este punto que la actitud mimética no implica necesariamente fidelidad a la historia, puesto que el discurso narrativizado puede transmitir tan fielmente el acontecimiento como un discurso restituido.

  74. 74 Cabe una observación similar con los siguientes ejemplos: 8,7 “Como ellos insistían en preguntarle, se incorporó […]”; 9,28 “Ellos le insultaron […]”; 11,46-47 “Pero algunos de ellos fueron a los fariseos y les contaron lo que Jesús había hecho. Entonces los príncipes de los sacerdotes y los fariseos convocaron el Sanedrín”; 11,57 “Los príncipes de los sacerdotes y los fariseos habían dado órdenes de que si alguien sabía dónde estaba, lo denunciase, con el fin de prenderlo”; 12,12 “Al día siguiente las muchedumbres que iban a la fiesta, oyendo que Jesús se acercaba a Jerusalén […]”; 12,17 “La gente que estaba con él cuando llamó a Lázaro del sepulcro y le resucitó de entre los muertos, daba testimonio”; 12,22 “Vino Felipe y se lo dijo a Andrés, y Andrés y Felipe fueron y se lo dijeron a Jesús”; 18,27 “Pedro volvió a negarlo […]”; 19,1 “Entonces Pilato tomó a Jesús y mandó que lo azotaran”.

  75. 75 Hemos encontrado solo un caso de relato-sumario de palabras: 8,2 “Muy de mañana volvió de nuevo al Templo, y todo el pueblo acudía a él; se sentó y se puso a enseñarles”.

  76. 76 Un comentario semejante se merecen los siguientes ejemplos: 6,41 “Los judíos, entonces, comenzaron a murmurar de él por haber dicho: ‘Yo soy el pan que ha bajado del cielo’”; 7,32 “Al oír los fariseos que la multitud comentaba esto de él […]”; 7,39 “Se refirió con esto al Espíritu que iban a recibir […]”; 7,43 “Se produjo entonces un desacuerdo entre la multitud por su causa”; 8,20 “Estas palabras las dijo Jesús en el gazofilacio, enseñando en el Templo”; 12,33 “Decía esto señalando de qué muerte iba a morir”; 12,36 “Jesús les dijo estas cosas, se marchó y se ocultó de ellos”.

  77. 77 Cf. Genette, Figuras III, 229.

  78. 78 También son discursos transpuestos los siguientes versículos: 4,47 “el cual, al oír que Jesús venía de Judea hacia Galilea, se le acercó para rogarle que bajase y curara a su hijo”; 9,15 “Y los fariseos empezaron otra vez a preguntarle cómo había comenzado a ver”; 12,29 “La multitud que estaba presente y la oyó, decía que había sido un trueno”; 19,38 “José de Arimatea, que era discípulo de Jesús, aunque a escondidas por temor a los judíos, le rogó a Pilato que le dejara retirar el cuerpo de Jesús”.

  79. 79 “It is part of his (John) intention in writing a gospel at all to uphold the claim that Johannine Christianity is directly related to Jesus himself. Thus the characteristic Johannine doctrines must be seen to be implied by the word of Jesus”; “John wishes to use an item from the sayings tradition which embodies the principle which is essential to his argument” (Lindars, “Discourse and Tradition”, 83, 91).

  80. 80 Aquí cabe una observación: los discursos que aparecen regidos por la proposición o[ti, pueden considerarse como restituidos –y no transpuestos–, puesto que aparecen siempre en contexto dramático y con el verbo en modo indicativo: introducen directamente las palabras del personaje. Se pueden contabilizar en el cuarto evangelio hasta 63 casos. Como ejemplo, citamos estos dos versículos: 4,51 “sus siervos le salieron al encuentro diciendo que su hijo estaba vivo. Les preguntó la hora en que empezó a mejorar”; 5,15 “les dijo a los judíos que era Jesús el que le había curado”.

  81. 81 Es interesante un estudio de Windisch, ya clásico en la investigación narrativa del cuarto evangelio, en él traduce en términos teatrales varias escenas del evangelio en un género teatral, llegando a la conclusión de que el estilo narrativo de este evangelio es altamente dramático. Cf. Windisch, “John’s Narrative Style”, 64.

  82. 82 Cf. Mannucci, Introduzione all’arte narrativa del quarto vangelo, 45.

  83. 83 Cf. De Aguiar e Silva, Teoria da Literatura, 770.

  84. 84 Cf. La estadística completa en el Anexo I. En el cuadro números redondeados.

  85. 85 Cf. Segalla, Panoramas del Nuevo Testamento, 332.

  86. 86 Sobre el valor del presente ya hemos dicho bastante al ocuparnos del presente histórico. En cuanto al valor del perfecto, apuntamos aquí la opinión de Weinrich, según el cual el perfecto “es un tiempo que comenta un hecho en retrospección” (Weinrich, Estructura y función de los tiempos en el lenguaje, 367). También Zerwick sostiene que “el perfecto tiene un matiz duradero, que dependería de la voluntad del autor o de la actitud mental que él adopte en el momento de escribir. El uso del perfecto en el lenguaje del Nuevo Testamento muestra necesariamente que el autor pensó en la duración del efecto” (Zerwick, El griego del Nuevo Testamento, 129).

  87. 87 “No podemos decir que ese narrador deje en este caso que la historia se cuente sola y sería aún poco decir que la cuenta sin la menor preocupación por eclipsarse ante ella: no es de ella de lo que se trata, sino de su “imagen”, de su huella en una memoria. Pero esa huella tan tardía, tan lejana, tan indirecta, es también la presencia misma. En esa intensidad mediatizada hay una paradoja que, con toda evidencia, no es tal sino según las normas de la teoría mimética: una transgresión decisiva, un rechazo puro y simple –y en acto– de la oposición milenaria entre diégesis y mímesis” (Genette, Figuras III., 225).

  88. 88 En esa medida, el narrador es capaz de referirse a sí mismo en primera y en tercera persona al mismo tiempo (cf. Lejeune, “El pacto autobiográfico”, 49). Autores como Olney dirían que el “yo” autobiográfico es inherentemente inestable, puesto que se trata de una metáfora del “yo” real. Genette amplía esta idea para los textos que no pertenecen estrictamente al género autobiográfico: “el narrador de tipo ‘autobiográfico’, ya se trate de autobiografía real o ficticia, está más “naturalmente” autorizado a hablar en su propio nombre que el narrador de un relato en “tercera persona” por el hecho mismo de su identidad con el protagonista […]. La única focalización que debe respetar se define con relación a su información presente de narrador y no con relación a su información pasada de protagonista” (Genette, Figuras III, 252).